La fascinación por el cerebro ha llevado a una inundación de «neuromitos» en el sistema escolar chileno. Escuchamos hablar de «cerebro derecho e izquierdo» o de «estilos de aprendizaje» con una ligereza que asusta. Como neurocientíficos integrados en la red MISTRALL, tenemos la responsabilidad ética de separar el grano de la paja. La evidencia científica es robusta, pero a menudo incómoda: el aprendizaje requiere esfuerzo, repetición sistemática y una base fonológica sólida. No existen atajos biológicos milagrosos.
Esta columna aboga por una «neuro-humildad» en la pedagogía. Debemos usar la ciencia para entender las rutas del aprendizaje, pero sin olvidar que el aula es un espacio social, no un laboratorio. La literacidad se construye en la interacción humana, en el error y en la corrección empática. El futuro de la educación no está en conectar a los niños a máquinas, sino en usar lo que sabemos sobre el cerebro para diseñar entornos de enseñanza más humanos, más precisos y más respetuosos de los ritmos biológicos de cada estudiante.



