Tradicionalmente, los ministros de Hacienda han visto la comprensión lectora como un indicador social «blando», relegado al ámbito de la cultura o la educación básica. Sin embargo, los datos de 2026 son irrefutables: la literacidad es la infraestructura más crítica de una nación moderna. Un país donde la mitad de su fuerza laboral no puede procesar una instrucción técnica compleja o distinguir un hecho de una opinión en un informe corporativo, es un país con un techo de productividad de cristal.
La columna analiza cómo la brecha de literacidad en Chile actúa como un impuesto invisible sobre el crecimiento. Si no invertimos en las capacidades cognitivas de procesamiento de información, ninguna infraestructura física o digital será suficiente para alcanzar el desarrollo. La literacidad transformativa debe ser entendida como capital humano estratégico. En esta era de la economía del conocimiento, el dominio del lenguaje no es un adorno; es el sistema operativo sobre el cual corre toda la maquinaria productiva del país. Es hora de que el presupuesto nacional refleje esta realidad.



