Chile sigue pensando la educación desde las baldosas de Santiago. Para un niño en una escuela unidocente en la cordillera o en un archipiélago del sur, los textos escolares a menudo presentan un mundo ajeno, con un lenguaje que no resuena con su realidad geográfica ni cultural. Esta «alienación lingüística» es la raíz silenciosa de la deserción escolar. La literacidad no puede ser un estándar monocultural impuesto desde el centro; debe ser una herramienta que florezca desde el territorio.
Necesitamos una política de literacidad territorializada que reconozca que el entorno es el primer «texto» que un niño aprende a leer. La capacidad de interpretar el ciclo del agua en su río, de entender los contratos de su comunidad agrícola o de narrar la historia de su pueblo es lo que realmente transforma la vida de un estudiante rural. La verdadera equidad no es entregar el mismo libro a todos, sino asegurar que cada niño tenga el poder de nombrar su propio mundo y ser escuchado en la esfera nacional.



